MARTÍN ÁLVAREZ GALÁN (1766-1801)

El granadero y su sable al servicio de la armada española.

No todos los grandes dejaron la misma huella en la historia. Es el turno de rendir homenaje a un humilde soldado, un granadero de la marina. A éstos se reservaba la primera línea en los combates navales, pues a ellos correspondía la labor de lanzar granadas al enemigo (lo que requería cierta corpulencia y arrojo). Su historia, no menos sorprendente, fue la máxima expresión de que significa defender con honor un ideal. Testigo de ello fue nada mas y nada menos que el almirante Nelson.

Martín Álvarez Galán defendiendo la bandera.

Nieto paterno de un sargento de Felipe V, nació en Montemolín (Badajoz) en 1766. Al quedar huérfano de padre y madre marchó a Sevilla a la carrera de las armas, donde, el 26 de abril de 1790, se alistó en el Real y Glorioso Cuerpo de Infantería de Marina. En 1794 Martín Álvarez embarca en el “San Carlos”, a éste navío se le designó para formar parte de la escolta de un convoy con personal  destinados a la defensa de la Antillas. El “San Carlos” regresa a la península en 1795 escoltando otro convoy. 
El 22 de julio de 1795, se firma la Paz de Basilea, pero éste periodo de paz sólo dura poco más de un año pues el 18 de agosto de 1796 España ratifica el Tratado de San Ildefonso declarando, junto a Francia, la guerra a Inglaterra.

A finales del siglo XVIII España poseía la tercera mejor Armada compuesta por 76 navíos, entre los que se encontraba la “joya de la corona”, el “Santísima Trinidad”, el navio mas grande del mundo de cuatro puentes, 50 fragatas, 7 corbetas, 10 jabeques y un gran número de buques menores. El gran problema de la Armada española era la falta de marinería y artilleros experimentados, otro problema con el que convivían era el nombramiento de comandantes con escasa experiencia y cuyo único mérito era ser hijo de alguien importante.

La Santísima Trinidad.

Su valor se pondría a prueba durante la batalla del Cabo de San Vicente, un combate naval que se desarrolló el 14 de febrero de 1797 frente al cabo de San Vicente, en el extremo occidental de la costa portuguesa del Algarve. Martín Álvarez iba a bordo del "San Nicolás de Bari". Al amanecer del día 14, los barcos de Jervis (comandante inglés) se encontraban en posición para enfrentarse a los españoles y viceversa. Fue entonces cuando vio claro que su inferioridad numérica era de dos barcos españoles por cada barco inglés, pero en cualquier caso suponía ya mayor riesgo para los ingleses tratar de evadirse que enfrentarse a la escuadra española, por lo que Jervis se decidió a atacar para tratar de impedir que esta escuadra española se uniera a la flota francesa que les esperaba en Brest. 
Pero la pésima disposición de los buques españoles hizo que siete de los navíos, “Santísima Trinidad”, “Mejicano”, “Salvador”, San José”, “San Nicolás de Bari”, “San Isidro” y “Soberano”, quedasen aislados del grueso de la escuadra, siendo fácilmente rodeados por la escuadra británica. Mientras, la vanguardia española, compuesta por 7 navíos y 2 fragatas, al mando del Teniente General Francisco Javier Morales de los Ríos, que ejercía su mando a bordo del navío “Purísima Concepción”, desobedecía las órdenes recibidas rehuyendo el combate y poniendo rumbo a Cádiz.
Durante el desarrollo de la batalla 5 navíos ingleses rodean "al San Nicolás de Bari" ya muy desgastado. El almirante Nelson decide abordarlo, pero la captura no resulta ser tan fácil como esperaba, pues los últimos supervivientes no se plantean la rendición y venden muy caras sus vidas. 

Batalla del cabo de San Vicente.

Entre estos está el granadero Martín Álvarez que recibe la siguiente orden del Brigadier Tomás Geraldino: “granadero, di a tus compañeros que ninguno se rinda sino después de muerto”. Cada vez quedan menos españoles, el mismo Brigadier Tomás Geraldino cae atravesado por una bayoneta. Tras varias horas de lucha, el navío está destrozado, cubierto de escombros y cadáveres. Los ingleses creen haber tomado el buque, el mismo Nelson está en la cubierta del “San Nicolás de Bari” recogiendo los sables de los españoles y entregándoselos a sus oficiales, pero aún queda un español vivo que no cesa de luchar, y la bandera no ha sido arriada y orgullosa ondea al viento en toldilla

Martín Álvarez cumple a rajatabla las órdenes recibidas y permanece en su puesto, a pesar de las heridas que cubre su cuerpo, empuñando su sable defiende con todas sus fuerzas esa bandera que se le ha encomendado. El Sargento Mayor William Morris se dirige decidido, sable en una mano y pistola en la otra, a arriar la bandera del buque que considera tomado, pero Martín no está dispuesto a permitírselo y con un empuje inusitado lo atraviesa de pecho a espalda sacándole la punta del sable. En ese momento aparece otro oficial inglés acompañado de varios soldados. Nuestro granadero, pierde su sable y ve que los ingleses se le echan encima, coge un fusil a modo de maza y asesta tal golpe al un oficial inglés que lo deja muerto en el sitio, del mismo modo consigue herir a dos soldados que se atreven a acercarse. Tras casi una hora más de lucha Martín Álvarez, muy debilitado por el esfuerzo y por la gran cantidad de sangre perdida a causa de las heridas sufridas, sobre todo de una en la cabeza, cae sin sentido al suelo en un charco de sangre siendo dado por muerto por los ingleses. 

Abordaje inglés al San Nicolás de Bari.

Las cubiertas de los navíos españoles están cubiertas de cadáveres y se hace urgente deshacerse de ellos, en aquél entonces la costumbre era atar un peso a los pies del cadáver y deslizarlo por una tabla arrojándolos al mar. Dado por muerto a Martin Álvarez, cuando iban a arrojar su cuerpo por la borda, se le notó un hálito de vida y el propio Nelson ordenó que, envuelto en la bandera que con tanto ardor supo defender, fuese llevado al hospital de Lagos (Portugal) y tratado por los cirujanos. Una vez restablecido, fue liberado y regresó a España, donde se presentó de nuevo en su batallón.

Estando ya en su unidad, se le cita para testificar en la causa instruida para depurar responsabilidades del comandante y demás oficiales del “San Nicolás de Bari”. 
A continuación se plasma parte del interrogatorio a Martín Álvarez:
El Fiscal: – ¿Se encontraba en el navío “San Nicolás de Bari” con ocasión de rendirse este barco a los ingleses?-.
Martín: – Yo no he estado nunca en el “San Nicolás de Bari” en ocasión de rendirse a los ingleses.
El Fiscal: – ¿No te encontrabas en el “San Nicolás de Bari” el 14 de febrero?-.
Martín:-Sí señor-.
El Fiscal: –¿Y no fuiste después a poder de los ingleses?-.
Martín:- Si señor-.
El Fiscal: – Entonces, ¿por qué niegas haber estado en el “San Nicolás de Bari” con ocasión de rendirse a los ingleses?
Martín: – Porque el “San Nicolás de Bari” no se rindió, sino que fue abordado y tomado a sangre y fuego-.
El Fiscal: – ¿Y a qué llamáis entonces rendirse?-.
Martín: – Yo creo, que no habiendo ningún español cuando se arrió su bandera, mal pudieron haber capitulado.
El Fiscal: –¿Pues donde estaba la tripulación?-.
Martín: – Toda se hallaba muerta o malherida-.

Posteriormente, embarcó en el navío Purísima Concepción, en el que llegó al puerto francés de Brest. Martín Álvarez sufrió una caída accidental que le produjo un fuerte golpe en el pecho que obligó a desembarcarlo ingresándolo en un hospital de Brest, pero los daños ocasionados por la caída fueron tales que el 23 de febrero de 1801 el glorioso Cabo Primero de Granaderos de Infantería de Marina fallece cuando contaba 35 años de edad.
En el Museo Naval de Londres se conserva con veneración y respeto el sable con el que Martín Álvarez atravesó de parte a parte al Sargento Mayor William Morris. 
En 1848 se publicó una Real Orden que establece que exista a perpetuidad un buque en la Armada con el nombre de Martín Álvarez.
Honor y gloria a su figura y su determinación.

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