JUAN MARTÍN DÍEZ (1793-1825), El empecinado

Así era el Empecinado, el militar que sembró España de cadáveres franceses para expulsar a Napoléon.

Juan Martín Díez, el empecinado.

Juan Martín Díez nació en Castrillo de Duero, provincia de Valladolid, el 2 de septiembre de 1775, hijo legítimo de Juan Martín y Lucía Díez, vecinos de esa villa y en ella casados y velados como consigna su partida de bautismo. Poco se sabe de su niñez. Hijo de labradores ligeramente acomodados, asistió a la escuela del lugar, donde aprendió a leer y escribir y participó en las tareas agrícolas que seguían el ritmo de las estaciones. Algunas fuentes atribuyen su enorme fuerza física (puesta de manifiesto innumerables veces en la Guerra de la Independencia) a su trabajo como cavador de viñas, cultivo dominante en aquella zona por entonces.

A los naturales de Castrillo se les llamaba con el mote de «empecinados», por un arroyo, llamado Botijas, lleno de pecina (el cieno verde de aguas en descomposición) que atraviesa el pueblo y se cree que de ahí le venga el apodo a este personaje.

Desde muy joven tuvo vocación militar. A los 18 años se enroló en la campaña del Rosellón (Guerra de la Convención, de 1793 a 1795). Esos dos años que duró la contienda fueron para él un buen aprendizaje en el arte de la guerra, además de ser el comienzo de su animadversión hacia los franceses.

En 1796 se casó con Catalina de la Fuente, natural de Fuentecén (Burgos) y en este pueblo se instaló como labriego hasta la ocupación de España por el ejército de Napoleón en 1808, suceso en el que decidió ir a combatir a los invasores. Se cuenta que la decisión la tomó a raíz de un hecho sucedido en su pueblo: una muchacha fue violada por un soldado francés al que Juan Martín dio muerte después.

Se unió a las fuerzas del general Cuesta, vencidas por los franceses en las batallas de Cabezón y Medina de Rioseco. Después de la derrota del ejército regular, y consciente de la dificultad de vencer al poderoso ejército napoleónico en campo abierto, organizó partidas de guerrilleros que hostigaron continuamente a los franceses con pequeñas acciones rápidas que dificultaban las comunicaciones; amparándose en el conocimiento del terreno y en la movilidad de pequeñas partidas irregulares, sostuvo una guerra de desgaste penosa para el ejército napoleónico.

Ataque de "El empecinado" contra tropas francesas.

El daño que se hizo al ejército de Napoleón fue considerable, de tal manera que nombraron al general Joseph Léopold Sigisbert Hugo como «perseguidor en exclusiva» del Empecinado y sus gentes. El general francés, después de intentar su captura sin conseguirlo, optó por detener a la madre del guerrillero y algún familiar más. La reacción de Juan Martín fue endurecer las acciones bélicas y amenazar con el fusilamiento de 100 soldados franceses prisioneros. La madre y los demás fueron puestos en libertad.



La prensa relataba sus embestidas contra los invasores como victorias de todo la nación, a la que, sin duda, había que levantar el ánimo por las atrocidades cometidas por los franceses.
Los diarios de la época lo relataban así:
-"El Empecinado cuenta sus triunfos casi por el número de días. En Castilla, en Aragón, en La Mancha, en Cataluña... en toda la hermosa superficie de este país privilegiado no hay un palmo de tierra ocupado por los enemigos en donde gocen de quietud"
-"En un ataque entre Almadrones y Olmeda mató a 200 franceses e hizo prisioneros a 300"
-"ha realizado cuatro ataques en los cuales le ha quitado al enemigo 1.450 hombres"
-"ha destrozado en Carabanchel (Madrid) un cuerpo de 200 franceses"

Era tal la confianza de Martín Díez que, incluso, se planteó secuestrar al propio José Bonaparte, aprovechando sus conocidos escarceos por las calles de la capital en busca de tabernas.

En 1810 tuvo que refugiarse en el castillo de la ciudad salmantina de Ciudad Rodrigo, al que pusieron sitio los soldados franceses.
En 1811 estuvo al mando del regimiento de húsares de Guadalajara y contaba en ese momento con una partida de unos 6000 hombres.
En 1812, tras abandonar Torija (Guadalajara) decidió volar el Castillo de Torija para que las tropas francesas no pudieran hacerse fuertes en el recinto.
En 1813, el 22 de mayo, ayudó en la defensa de la ciudad de Alcalá de Henares y en el puente de Zulema, sobre el río Henares venció a un grupo de franceses que le doblaban en número.
En 1814, Juan Martín es ascendido a Mariscal de campo, y se gana el derecho a firmar como el Empecinado de forma oficial.

Castillo de Torija en la actualidad (Guadalajara)

Durante el denominado periodo de los Cien Días (entre el regreso de Napoleón de su destierro en Elba y su derrota en Waterloo y segunda abdicación), el Empecinado se mantuvo al mando de diferentes fuerzas situadas en los Pirineos, llegando a atacar zonas del sur de Francia.
Finalmente, Napoleón pidió la paz y el Fernando VII pudo regresar a Madrid. Con el Tratado de Fontainebleau, el emperador francés renunció a todos los derechos de soberanía sobre los territorios bajo su dominio. Francia acababa de perder al dirigente más importante de su historia.

Guerrilleros sorprendiendo a las tropas francesas.

Cuando el rey Fernando VII regresó a España y restauró el absolutismo, tomó medidas contra los que consideraba enemigos liberales, entre otros el Empecinado, que fue desterrado a Valladolid. En 1820 tuvo lugar el pronunciamiento del militar Rafael de Riego y el Empecinado volvió a las armas, pero esta vez contra las tropas realistas de Fernando VII. Durante los años siguientes, el Trienio Liberal, fue nombrado gobernador militar de Zamora y finalmente, Capitán General.

Al parecer, el rey Fernando VII intentó que el Empecinado se adhiriese a su causa (a pesar de previamente haber jurado la Constitución de Cádiz) y se uniera a los «Cien Mil Hijos de San Luis»; ofreció otorgarle un título nobiliario y una gran cantidad de dinero, un millón de reales.​ La respuesta del Empecinado fue: "Diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos".

Rey Fernando VII


En 1823 acaba el régimen liberal. Juan Martín marchó entonces al destierro en Portugal.

Decretada la amnistía el 1 de mayo de 1824, pidió un permiso para regresar sin peligro, permiso que le fue concedido. Pero Fernando VII no estaba dispuesto a someter sus odios a la benevolencia del decreto y el 23 de mayo había ordenado: "Ya es tiempo de coger a Ballesteros y despachar al otro mundo a Chaleco y el Empecinado". Volviendo el Empecinado a su tierra con unos 60 de sus hombres que le habían acompañado como escolta a Portugal, fue detenido en la localidad de Olmos de Peñafiel junto con sus compañeros por los Voluntarios Realistas de la comarca.

Llevados los presos a Nava de Roa (Burgos), fueron entregados al alcalde Gregorio González Arranz y fueron encerrados en un antiguo torreón. La causa debería haber sido llevada a la Real Chancillería de Valladolid, donde el militar liberal Leopoldo O'Donnell habría conseguido que fuese juzgado con benevolencia, pero el corregidor de la comarca Domingo Fuentenebro, enemigo personal del preso, dio parte al rey: "puesta en manos de su Majestad... aprobó la sentencia dictada en la que se condenaba al Empecinado a ser ahorcado en la Plaza Mayor de Roa...".
La ejecución se llevó a cabo el 20 de agosto de 1825. Murió ahorcado en lugar de ser fusilado.


El alcalde de Roa, que llevó a cabo los preparativos de la ejecución y fue testigo de la misma, dijo del Empecinado: "Cuando se dio cuenta de que lo iban a subir por la escalera del cadalso, dio tan fuerte golpe con las manos, que rompió las esposas. Se tiró sobre el ayudante del batallón para arrancarle la espada, que llegó a agarrar; pero no pudo quedarse con ella porque el ayudante no se intimidó y supo resistir. Trató de escapar entonces en dirección a la Colegiata y se metió entre las filas de los soldados. La confusión fue terrible. Tocaban los tambores, corrían despavoridas las gentes sin armas y las autoridades; los sacerdotes y el verdugo se quedaron como paralizados... Por fin, los voluntarios realistas pudieron sujetarlo y lo colocaron en el mismo sitio donde estaba cuando rompió las esposas, esto es, junto a la escalera de la horca... Entonces, para evitar forcejeos y trabajos, se trajo una gruesa maroma y se ató por medio del cuerpo y así se le subió hasta el punto donde tenía que hacer su trabajo el ejecutor de la sentencia... Se dio la última orden y quedó colgado con tanta violencia que una de las alpargatas fue a parar a doscientos pasos de lejos, por encima de las gentes. Y se quedó al momento tan negro como un carbón."


Escultura del empecinado encadenado en Roa de Duero.



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