FRANCISCO DE CUÉLLAR (en torno a 1563 - 1607)

Francisco de Cuéllar, el héroe que sobrevivió a un naufragio de la armada invencible, al hambre y las garras de los ingleses. Hoy recuerda su epopeya el "De Cuéllar trail".

Francisco de Cuéllar.

No sabemos cuando nació el Capitán Francisco de Cuéllar, pero posiblemente nació en el pueblo que le dio su apellido, Cuéllar (Segovia). 
Todo indica que se alista en el ejército que va a invadir Portugal en 1581 -siguiendo su narración y las hojas de servicios descubiertas por Rafael Girón- y participa en toda la anexión del reino vecino. Acto seguido se va a embarcar con Diego Flores Valdés en su expedición al Magallanes, siendo capitán de infantería española en la fragata Santa Catalina. Esta expedición durará hasta 1584 y llevará a Cuéllar al fuerte de Paraíba en Brasil, para desalojar a los colonos franceses que se habían apoderado de la región. Tras regresar de Indias, Cuéllar va a participar en la expedición a las Azores bajo el mando del marqués de Santa Cruz. 

Su Majestad Católica Felipe II cansado de las razias inglesas sobre los barcos españoles, y con la intención, no tanto de conquistar la isla, sino de acabar con la monarquía hereje y encargó la dificilísima misión a Don Álvaro de Bazán, uno de los legendarios héroes de Lepanto. Pero la desgracia se cernió sobre dicha misión desde el principio y Don Álvaro murió. El almirantazgo de la empresa recayó entonces en Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, otro de nuestros grandes, nobiliaria y militarmente hablando, con la pega de que no era un experto en marinería.

La Armada Invencible sufrió terribles pérdidas en las tormentas que se produjeron en otoño de 1588. Cuéllar era capitán del San Pedro, un galeón del escuadrón de Castilla, cuando este barco rompió la formación de la Armada en el Mar del Norte. Fue condenado a morir en la horca por desobediencia por el General Francisco de Bobadilla. Enviaron a Cuéllar al galeón San Juan de Sicilia, para que el Auditor General Martín de Aranda ejecutase la sentencia.



La sentencia de muerte no se ejecutó y Cuéllar permaneció a bordo hasta que el galeón se ancló cerca de la costa de Irlanda, a una milla de Streedagh Strand en el actual Condado de Sligo, en compañía de otros dos galeones. Pero la violencia de las corrientes marinas acabaron por desintegrar los navíos contra las rocas de la playa de Streedagh Strand. La escena era dantesca. Los cadáveres albergaban un fuerte deterioro por la violencia con que el mar los había maltratado. De la tripulación de los tres barcos (1.000 hombres) 300 sobrevivieron

Para aquellos pocos que sabían nadar en aquella época (ser marino no implicaba saber nadar, por extraño que nos parezca hoy en día), el llegar a la costa no era, ni mucho menos, sinónimo de salvación. En la playa, los “salvajes” irlandeses, desnudaban y robaban a los náufragos, mientras que las tropas inglesas que ocupaban Irlanda se dirigían a toda prisa a la costa a rematar a los supervivientes.  Cuéllar que se había agarrado a una tabla, consiguió llegar a la orilla sin ser visto y se escondió entre la maleza. Su estado era muy malo, y pronto se unió a él otro superviviente, desnudo, que finalmente murió. 
Cuéllar se arrastró y vio unos 800 cadáveres esparcidos en la arena, de los que los cuervos y perros salvajes se alimentaban. Se dirigió a la Abadía de Staad, una pequeña iglesia que había sido incendiada por las autoridades inglesas y cuyos monjes había escapado: vio a doce españoles colgando de ganchos atados a las barras de hierro de las ventanas que quedaban en las ruinas de la iglesia. 

Restos de la abadía de Staad.

Sin comida y herido decidió intentar volver a la playa donde se topó con dos hombres ensangrentados y desnudos, Alonso y Baltasar, marineros de la Santa María del Visón. Llorando, se abrazaron. La playa permanecía repleta de cadáveres (llegaron a contar más de cuatrocientos), llegando a enterrar a alguno de ellos en la playa excavando con sus propias manos.

Algunos irlandeses compasivos que presenciaron aquella imagen desgarradora, se apiadaron de ellos y les indicaron una ruta para llegar a un sitio seguro. Caminaron descalzos con el frío, por un bosque donde encontraron a dos jóvenes que viajaban con un viejo y una joven: los jóvenes atacaron a Cuéllar, que recibió una cuchillada en una pierna antes de que el viejo interviniese. Le quitaron su ropa, una cadena de oro por valor de mil ducados y cuarenta y cinco coronas de oro. 

Poco después se encontró con un muchacho le ayudó a curar sus heridas y le trajo comida. Cuéllar siguió el consejo del muchacho de no acercarse al poblado, y se mantuvo comiendo bayas y berros. Fue atacado de nuevo por otro grupo de hombres que le dieron una paliza y le quitaron su ropa. Se cubrió con un faldón de helechos y ramas. Llegó a una población desierta donde encontró a otros tres españoles. Tras pasar algún tiempo en este lugar, encontraron a un joven que hablaba latín y que los condujo al territorio del señor Brian O'Rourke en el actual Condado de Leitrim. 
Conviene destacar que el capitán Francisco de Cuéllar sabía latín y eso le resultó muy útil para comunicarse con algunos religiosos y civiles católicos irlandeses durante su aventura. 

Los cuatro españoles se dirigieron juntos hacia el territorio de O’Rourke, no sin antes recibir auxilio de unos irlandeses católicos que cuidaron y curaron a Cuéllar de sus heridas. Briand O’Rourke tenía por entonces a más de setenta supervivientes de los naufragios de la Armada Invencible en Irlanda , la mayor parte de ellos heridos y apenas vestidos. Las noticias de que el galeón Girona iba a su rescate provocó la partida de algunos españoles hacia la costa. Cuéllar, a pesar de intentar llegar hasta él, no pudo hacerlo por su extrema debilidad. El pobre Girona, maltrecho por los vendavales no hizo sino recoger a algunos de aquellos desdichados para naufragar prácticamente de inmediato, llevando a la tumba a más de doscientos marinos. En esta ocasión, la escasa movilidad del capitán Francisco de Cuéllar le salvó la vida.

Restos del castillo de O’Rourke.

Perdido, agotado y pensando en el suicidio, se encontró con un católico irlandés que le indicó como dirigirse de nuevo a territorio dominado por señores beligerantes de los ingleses y hacia allí partió. Pero la mañana suerte no se apiado de él y en su camino es apresado por una pareja que lo encadena con el propósito de hacerle esclavo en su herrería. 

Permaneció allí esclavo casi dos semanas, hasta que el clérigo que le había ayudado pasó casualmente por la herrería y, recriminando su actitud al herrero mandó al día siguiente a un grupo de gente mandados por MacClancy (uno de los señores, que beligerantes con los ingleses, ayudaban a los españoles en su huida). Entre los que acudieron en su socorro había también un español llamado Salcedo, que había naufragado en la costa de Donegal y que viendo como el herrero se disponía a martillear en la cabeza a Cuéllar para evitar su rescate, seccionó la yugular del maldito herrero mientras exclamaba un castizo: “Suelta el martillo, hideputa”. 

En noviembre de 1588, Cuéllar se desplazó al territorio de Maglana, controlado por MacClancy, con otros ocho españoles. Permaneció en uno de los castillos del señor, probablemente en Rosclogher en la orilla sur del lago Melvin. Alli tuvieron cobijo, comida y pudieron sanar sus heridas.

El virrey inglés Fitz William había partido de Dublín hacia el norte de Irlanda con un ejército de 1.700 hombres dispuestos a la caza de los náufragos de la Armada Invencible. MacClancy, conocedor de las represalias que le esperaban por ayudar al enemigo español decidió trasladarse con todo su pueblo y su ganado a las montañas del norte del lago Melvin invitando a los españoles a acompañarlo. Dotados del valor español de la época, Cuéllar y los otro ochos españoles acuerdan quedarse en el castillo para defenderlo. Tienen siete mosquetes, seis arcabuces, unas pistolas, alguna espada…y una despensa para resistir seis meses. Consideraron que el castillo era inexpugnable, debido a su ubicación en tierras que evitaban el uso de artillería.

Restos del castillo de Rosclogher.

El sitio duró diecisiete días. En ese tiempo no pudieron cruzar el difícil terreno y tal y como relata Cuéllar, tras ver rechazada su oferta de salvoconducto a España, ahorcaron a dos españoles a la vista del castillo para aterrorizar a sus defensores. Los ingleses se vieron forzados a levantar el sitio a causa del mal tiempo.
Las noticias de la humillación inglesa se extendieron por toda Irlanda, MacClancy recuperó su castillo y llegó a ofrecerle a una de sus hermanas por esposa. Cuéllar, ya deseoso de volver a España declinó su matrimonio y una vida futura en tierras irlandesas y abandonó junto a cuatro de los españoles al clan McClancy, mientras que otros sus otros compañeros decidieron quedarse como guardas del señor irlandés y rehacer sus vidas en aquella comunidad. 

 En enero de 1589 cuando el capitán Francisco de Cuéllar y sus compañeros emprendieron camino a la región del Ulster, desde donde poder embarcar hacia Escocia, como primer paso de su ansiada vuelta a España. En su ruta pasaron por la Calzada del Gigante, un impresionante paisaje volcánico en las orillas del Ulster. Conocedor de que un obispo católico, Redmond O’Gallagher, estaba protegiendo a algunos compañeros de la Felicísima Armada, en la zona costera de la desembocadura del rio Foyle se dirigió hacia allí en busca de protección. Otros doce españoles estaban allí. Cuéllar  esperó durante seis días los preparativos de un barco que los debería de llevar a Escocia en una travesía de dos días. 
 Una vez llegados a Escocia, los escoceses se mostraron indiferentes con ellos y no estaban dispuestos a darles ninguna ayuda. Una vez que consiguieron contactar por correo con el Duque de Parma, un mercader escocés que residía en Flandes fue contratado para llevarlos a Flandes. Era septiembre de 1589, justo un año después del naufragio de su barco en la playa de Streedagh, cuando el capitán Francisco de Cuéllar embarca con destino a Flandes. 

Alejandro Farnesio (duque de Parma).

El 22 de septiembre de 1589 los cuatro buques contratados por Parma para su regreso a Flandes fueron atacados por barcos enemigos holandeses. Dos de ellos fueron hundidos y en el que viajaba Cuéllar naufragó en los bancos de arena de la costa. Una vez más, Cuéllar salva su vida agarrándose a un madero para llegar a la costa. Ha naufragado dos veces en un año. Finalmente entró en la ciudad de Dunquerque con sólo su camisa. 

Los irlandeses que lo ayudaron en su travesía: O'Rourke fue colgado en Londres por traición en 1590; entre las acusaciones que se le hicieron estaba la de socorrer a los supervivientes de la Armada. MacClancy fue capturado por el hermano de Bingham en 1590 y decapitado.

El capitán Cuéllar servirá en el ejército de Felipe II a las órdenes de Alejandro Farnesio, el conde de Fuentes y Mansfeld durante los años siguientes. Entre 1589 y 1598 participa en el Socorro de París, las empresas de Laón, Corbel, Capela, Châtelet, Dourlens, Cambrai, Calais, Ardres y el sitio de Hults. Entre 1599 y 1600 estará bajo mando del duque de Saboya en la guerra de Piamonte. En 1600 pasará a Nápoles junto al virrey Fernando Ruiz de Castro, conde de Lemos.

En 1601 será nombrado capitán de infantería en uno de los galeones con destino a las islas de Barlovento (Antillas), si bien hasta 1602 no embarcará hacia Indias con la flota de galeones de don Luis Fernández de Córdova.
Parece que estas fueron las últimas campañas militares del capitán. Entre 1603 y 1606 residirá en Madrid a la espera de nuevos destinos. Es posible que volviera a pasar a América en 1607. Nada se sabe del lugar de fallecimiento del capitán Cuéllar o si tuvo descendencia.

Conocemos esta increíble historia del capitán Francisco de Cuéllar gracias a conservar su carta a Felipe II, escrita por su puño y letra. 

Hoy en día existe el conocido "De Cuéllar’s Trail" en Irlanda. Una ruta turística para recorrer el camino que tuvo que realizar Francisco de Cuéllar en su odisea.

Ruta de Francisco de Cuéllar en Irlanda.


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