PEDRO DE VALDIVIA (1497-1553)

Al frente de un puñado de soldados, en 1540 el extremeño Valdivia conquistó el territorio del actual Chile, pero trece años después sucumbió a una emboscada de los mapuches.

Pedro de Valdivia.

Pedro de Valdivia nació el 17 de abril de 1497 en la región española de Extremadura, en esa época perteneciente a la Corona de Castilla, seguramente en Villanueva de la Serena. Perteneció a una familia de hidalgos con cierta tradición militar, la Casa de Valdivia.

 En 1520 inició su carrera como soldado en la Guerra de las Comunidades de Castilla, y posteriormente militó en el ejército del emperador Carlos V, destacando su participación durante las campañas de Flandes y las Guerras Italianas, en la batalla de Pavía y en el asalto a Roma. Contrajo matrimonio en Zalamea en 1525, con una noble llamada doña Marina Ortiz de Gaete, natural de Salamanca. En 1535 partió al Nuevo Mundo y no volvería a ver a su esposa.

Valdivia era de mediana estatura, de rostro alegre, de genio afable y ánimo decidido y generoso, "amigo de andar bien vestido y lustroso y de los hombres que lo andaban, y de comer y beber bien". Sus Cartas a Carlos V revelan en él un notable escritor.

Emprendió viaje a América en la expedición de Jerónimo de Ortal,​ llegando a la isla de Cubagua en 1535 con el propósito de iniciar la búsqueda del fabuloso El Dorado. Participó en el descubrimiento y conquista de la provincia de Nueva Andalucía y fue testigo de la fundación de San Miguel de Neverí en 1535.  
En 1538 Valdivia pasó al Perú y se alistó en las fuerzas de Francisco Pizarro, participando como su maestre de campo en la guerra civil que Pizarro mantenía con Diego de Almagro. 

Nuestro héroe se embarcó ahora en organizar la empresa por la conquista de Chile. Pese a las dificultades logró aliarse con Francisco Martínez, un comerciante prestamista que acababa de llegar de España. Martínez accedió asociarse aportando su capital (9000 pesos de oro en mercaderías, valoradas por sí mismo), a cambio de la mitad de los beneficios que produjese la empresa, labor que recaía sobre Valdivia. Finalmente logró reunir unos 70 000 pesos castellanos. En cuanto a soldados, solo 11 se enrolaron en la aventura entre ellos la placentina Inés Suárez, que vendió sus alhajas y todo lo que tenía para ayudar a los gastos de Valdivia. Iba en calidad de criada de este, para disimular un poco que era en realidad su amante y amiga.

Inés Suárez.

¿Qué movía a Pedro de Valdivia a emprender un proyecto que casi todos consideraban insensato? Pensaba que las desacreditadas tierras del sur eran apropiadas para establecer una gobernación de carácter agrícola, y creía poder descubrir suficientes riquezas mineras, si bien no tan abundantes como en el Perú, pero suficientes para sostener una provincia de la que él fuese Señor. Porque por encima de todo Valdivia se proponía establecer un nuevo reino que le diese fama y poder. «Dejar fama y memoria de mí». Astuto, infatigable y con gran sentido de la oportunidad, tuvo la virtud de levantar la mirada sobre riquezas triviales y ver futuro allá, donde los demás solo veían dificultades.

Ruta de Pedro de Valdivia.

Cuando ya se disponía a emprender la marcha, llegó a Cuzco el antiguo secretario de Pizarro, Pedro Sánchez de la Hoz, que había vuelto a España luego de hacer fortuna en la conquista temprana del Perú. Regresaba con cédula real otorgada por Rey que le facultaba a explorar las tierras al sur del Estrecho de Magallanes, dándole el título de Gobernador de las tierras que allí descubriese. Valdivia y Sánchez de la Hoz celebraron un contrato de compañía en la que el primero aportaba todo lo reunido al momento, y el segundo se comprometía a aportar cincuenta caballos y doscientas corazas y a equipar dos navíos que al cabo de cuatro meses debían traer a Chile diversas mercaderías para apoyar la expedición. Aquella sociedad mal avenida iba a causar numerosos contratiempos a Valdivia en el futuro.

Empezó la expedición. La noticia de la marcha de Valdivia se había difundido por el altiplano, y varios soldados se le unieron en Tarapacá. Partieron entonces para Atacama-la chica siguiendo el Camino del Inca donde hicieron campamentos en Pica, Guatacondo y Quillagua para llegar a Chiu-Chiu. Allí Valdivia se enteró que su camarada de Italia Francisco de Aguirre se encontraba en Atacama-la grande (San Pedro de Atacama) y salió con algunos jinetes a su encuentro. Esto le salvó providencialmente la vida.

Pedro Sánchez de la Hoz, sintiéndose respaldado por la designación real de gobernador, una noche a comienzos de junio de 1540 llegó al campamento de Valdivia en Atacama-la chica (Chiu-Chiu) junto a Antonio de Ulloa, Juan de Guzmán, y otros dos cómplices. En sigilo se acercaron a la tienda donde suponían encontrar durmiendo a Valdivia, con el propósito de asesinarle y tomar el mando de la expedición. Al entrar a oscuras, advirtieron que en el lecho no estaba Valdivia sino doña Inés Suárez, quien dio grandes gritos de alarma. Ya despierto el campamento por el alboroto de doña Inés, acudió el alguacil de campo Luis de Toledo con algunos soldados para castigar a los intrusos, pero al ver que se trataba de Sánchez de la Hoz optó por enviar un mensajero a alertar a Valdivia de la sospechosa conducta de su socio.

A su regreso Valdivia enojado pensó en colgar a Sánchez de la Hoz, aunque finalmente le perdonó la vida a cambio de la renuncia por escrito a todo derecho (a su cédula real) de expedición y conquista. De los cómplices desterró a tres, pero Antonio de Ulloa se ganó su confianza y fue incorporado a las huestes. 

Ya con 105 hombres a caballo, 2 clérigos, 48 hombres a pie y un millar de indios de servicio, entraron al vasto, seco y temible Desierto de Atacama, ardiente (40 a 45 ºC) de día y gélido (-10 a -5ºC) en la noche. 

Desierto de Atacama.

De tanto en tanto tropezaban con los restos muertos de hombres y animales, algunos de la antigua expedición fracasada de Almagro. Tal vez afligido por el macabro paisaje, Juan Ruiz, uno de los acompañantes que ya había estado en Chile con Almagro, se arrepintió de la aventura e incito a muchos compañeros volver al Peru. Advertido de la sedición, Valdivia ni siquiera permitió confesar al insurrecto y le hizo ahorcar inmediatamente por traición, continuando sin más la marcha. 
Cuando llevaban unos dos meses de camino por el desierto más seco del planeta, solo encontraron manantiales agotados, y el ejército iba perdiendo la esperanza. Menos doña Inés Suárez que mandó cavar a un agujero donde ella estaba y cuando había profundizado no más de un metro, el agua brotó con la abundancia de un arroyo considerando el hallazgo como milagroso y salvado a la tropa.

El jueves 26 de octubre de 1540, la expedición pudo acampar en en el espléndido valle de Copiapó. Al entrar en el tuvieron que enfrentar en batalla a huestes de la etnia diaguita, estimadas en ocho mil guerreros, a la que derrotaron fácilmente, pudiendo así instalarse en el valle. aldivia llamó a toda la tierra que hubiese de este valle al sur la Nueva Extremadura y declaró posesionado el valle, en nombre del rey de España. 

Renovando la marcha, el 24 de febrero de 1541, se fundó la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo a los pies del Huelén, rebautizado como Santa Lucía. Apenas instalados, llegó a óídos de Valdivia una información de la mayor gravedad, se difundió en la colonia que los almagristas habían asesinado en el Perú al gobernador Francisco Pizarro. Considerando la situación política en Perú, el cabildo resolvió entregar a Valdivia el título de Gobernador y Capitán General Interino en nombre del Rey. Este aceptó el 11 de junio de 1541.

Valdivia fundando la ciudad de Santiago.

En una de sus salidas a los alrededores de su ciudad, Valdivia capturó vivo al poderoso cacique Michimalonco, a quien tras tratarle educadamente, cedió a dar la información e indios necesarios para explotar el oro existente en sus tierras. Con la intención de transportar el oro al Perú, mandó construir en la cota una embarcación dejando al mando a uno de sus mejores hombres Gonzalo de los Rios junto a 25 soldados. Las cosas se torcieron para Valdivia, por un lado los indios se rebelaron y asesinaron a los 25 soldados establecidos en la costa junto con el buque en construcción. A la vez que en Santiago, las conspiraciones contra el y a favor de Almagro iban en aumento. 

 El cacique Michimalonco convocó a una reunión, a la que concurrieron miles de indios de los valles de Aconcagua, Mapocho y Cachapoal. Decidieron allí la rebelión total contra los españoles. Con una notable falta de víveres, el tiempo transcurría a favor de los indígenas. Supo entonces Valdivia que había dos concentraciones de indios de guerra, una de 5.000​ a 10.000​ indígenas en el valle del Aconcagua encabezada por Michimalonco y su hermano Trajalongo, y otra al sur en el valle del río Cachapoal, tierra de los promaucae, que nunca se habían rendido a los españoles. 
Antes de organizarse la rebelión india, Valdivia con evidente impaciencia consiguió capturar a 7 caciques menores. Decidió entonces partir con 90 soldados a librar batalla con las tropas del Cachapoal. Y para la defensa de Santiago dejó solo un tercio del total, divididos en 32 jinetes y 18 infantes​ a cargo de Alonso de Monroy. A estos hay que agregar un contingente de 200 yanaconas.

Michimalonco ataca Santiago. Septiembre de 1541.

El domingo 11 de septiembre de 1541, tres horas antes del amanecer, el atronador bramido de guerra de los ejércitos indios de inició el asalto sobre Santiago. Pese a la buena defensa de los españoles que rompían las lineas enemigas con sus jinetes, los indios no tardaban en reagruparse e intentaron rescatar a los 9 caciques capturados. 

Inés Suárez, la amante de Valdivia, se encontraba en la misma casa que los presos caciques, observando con creciente angustia el avance indígena, mientras curaba heridos. Se dio cuenta que si se producía el rescate, la moral engrandecida de los indios haría más probable su victoria. Perturbada, tomó una espada y se dirigió a la habitación de los presos exigiendo a los guardias Francisco de Rubio y Hernando de la Torre, “que matasen luego a los caciques antes que fuesen socorridos de los suyos". Y diciéndole Hernando de la Torre, paralizado de terror: "Señora, ¿De qué manera los tengo yo de matar?
¡Desta manera!”, y ella misma los decapitó.

Salió enseguida Inés al patio dónde tenía lugar el combate, y blandiendo la espada ensangrentada en una mano y mostrando la cabeza de un indio en la otra, gritó enfurecida: “¡Afuera, auncaes!, ¡Que ya os he muerto a vuestros señores y caciques!... Y oído por ellos, viendo que su trabajo era en vano, volvieron las espaldas y echaron a huir los que combatían la casa”.

Inés mostrando la cabeza decapitada de un cacique.

Valdivía relataría sobre Inés en 1544: "Por cuanto hicisteis que matasen los caciques poniendo vos las manos en ellos, que fue causa que la mayor parte de los indios se fuesen y dejasen de pelear viendo muertos a sus señores, que es cierto que si no murieran y se soltaran, no quedara español vivo en toda la dicha ciudad. Y después de muertos los caciques salisteis a animar los cristianos que andaban peleando, curando a los heridos y animando a los sanos".

Decisivo o no, parece que el brutal acto de Suárez y el liderazgo que luego asumió, mejoró la moral española, al tiempo que el ímpetu de los indios fue decayendo. Y al final de la tarde, sellaba la victoria de los primeros santiaguinos una violenta carga de caballería liderada por Francisco de Aguirre, cuya lanza terminó con «tanta madera como sangre, y con su mano tan cerrada en ella, que cuando quiso abrirla no pudo, ni otro alguno de los que procuraron abrírsela, y así fue último remedio aserrar el asta por ambas partes, quedando metida la mano en la empuñadura sin poder despegarse hasta que con unciones se abrió, al cabo de veinte y cuatro horas».

Pero con la victoria llegó también la más completa ruina. La ciudad fue quemada, destruida y desabastecida. Para alimentar a un millar de personas, entre españoles y yanaconas, solo se salvaron "dos porquezuelas y un cochinillo, y una polla y un pollo, y hasta dos almuerzas de trigo".

No obstante, enfrentaron la pobreza con notable tenacidad. Inés Suárez, quien había salvado el tesoro de los tres chanchos y dos pollos, se encargó de su reproducción. Buena costurera, también zurcía los harapos de los soldados y les confeccionaba prendas con cueros de perro y otros animales. El puñado de trigo se reservó para sembrarlo, y una vez cosechado, aún lo sembraron dos veces más sin consumir nada. Entretanto, se alimentaron de raíces y de la caza de alimañas y pájaros. 
Enviaron a Alonso de Monroy con otros cinco soldados a pedir socorro al Perú como emisarios de la prosperidad de la ciudad con el objetivo de animaran a venir a mas españoles. Salieron de Santiago en enero de 1542, pero los indios diaguitas del valle de Copiapó acabaron matándolos excepto a Monroy y Miranda. En septiembre de 1543, a dos años del incendio de Santiago, llegaba a la bahía de Valparaíso un barco con el anhelado socorro.  Poco después, en diciembre, entraba al valle del Mapocho el incansable Monroy, a la cabeza de una columna de setenta jinetes.

Ya repuesta la colonia, Valdivia siguió con su plan de conquista y se ganó como aliado a su entonces enemigo Michimalonco y sus acólitos, quienes no hostilizaron más a los santiaguinos. En los siguientes año desarrollo una expedición hacia el sur descubriendo y fundando ciudades con la idea de ganarse el afecto del rey Carlos V para que lo nombrase gobernador de aquellas tierras.

 En 1546 organizó una expedición con 60 jinetes y 150 porteadores indios que lo llevó hasta el golfo de Arauco, 500 kilómetros al sur de Santiago. Allí fueron atacados por sorpresa por miles de indios que se mostraron especialmente temibles. "Vinieron sobre nosotros tres escuadrones de indios, que pasaban de veinte mil, con un alarido e ímpetu tan grandes que parecían hundirse en la tierra y comenzaron a pelear muy reciamente. Tras treinta años de luchas con diversas naciones, nunca he visto tal tesón en la batalla como éstos tuvieron contra nosotros", recordaría Valdivia. Aunque rechazaron el ataque, los españoles decidieron retirarse a Santiago. Fue el primer choque con un pueblo que durante más de tres siglos presentaría una resistencia feroz a los colonos de origen europeo.

Guerra de Arauco.

En 1547, Valdivia hizo un viaje a Perú en el que logró que lo confirmaran como gobernador y capitán general de Chile, aunque sus enemigos convencieron al virrey La Gasca para que le impusiera una dolorosa condición: separarse de su amada Inés Suárez, que sin pérdida de tiempo se casó enseguida con otro conquistador. 

A su vuelta a Santiago, en 1550 el flamante gobernador organizó una nueva expedición hacia el sur, a fin de fortificar y colonizar el territorio de los mapuches. Éstos trataron de expulsar por la fuerza a los invasores, reuniendo grandes masas de hombres, pero la superioridad del armamento europeo era flagrante; frente a sus corazas, arcabuces y caballos europeos, los indígenas tan sólo oponían largas lanzas, mazas y flechas con punta de piedra. De este modo, el primer gran choque, en Andalién (1550), se saldó con la muerte de entre 1.500 y 2.000 indios por un solo español; a 200 cautivos se les cortó la nariz como castigo.

Sin embargo, cuando más desesperada era su situación, los mapuches encontraron un líder que les dio durante varios años importantes éxitos. Se llamaba Lautaro, tenía apenas veinte años y había pasado gran parte de su vida como paje al servicio de Valdivia tras ser capturado por los españoles, lo que le permitió aprender las técnicas bélicas europeas, incluida la monta de caballos. Hastiado por las brutalidades cometidas sobre su pueblo, Lautaro se escapó y fue elegido por los suyos para rechazar a los invasores. 

Tras diversas campañas bélicas llevadas a cabo por Valdivia, funda en el verano de 1553 los fuertes de Tucapel, Arauco y Purén y establece los cimientos de la quinta y última ciudad fundada por el conquistador. 
Los indígenas adiestrados por Lautaro y al mando de Caupolicán introdujeron armas encubiertas en el fuerte de Purén y, de no ser por el aviso de un indio delator, más unos refuerzos llegados a cargo de Gómez de Almagro desde La Imperial, los españoles habrían sufrido una carnicería ya que hordas de indios se habían reunido a la hora de la siesta para atacar el fuerte. Los españoles observaron que los indios atacaban en forma muy distinta a batallas anteriores y organizada como una copia de las tácticas españolas. Tal fue su efectividad que se encerraron en el fuerte, enviando un aviso a Valdivia sobre la extrema gravedad de la situación.

Valdivia personalmente al mando salió con 50 jinetes al auxilio de sus compañeros. El día de Navidad de 1553 al llegar a las inmediaciones de la loma de Tucapel se sorprende del silencio absoluto reinante. El fuerte estaba totalmente destruido y sin un español en las inmediaciones. 

Mientras hacían campamento en las ruinas humeantes, en el bosque se escucharon gritos y golpes en el suelo. Luego un grupo numeroso de indígenas se precipitó hacia los españoles. Valdivia apenas pudo armar sus líneas defensivas y aguantar el primer choque. La caballería cargó sobre la retaguardia del enemigo, pero los mapuche tenían prevista esta maniobra, y dispusieron lanceros que contuvieron enérgicamente la carga. Los españoles lograron descomponer la primera carga de los indígenas, que se retiraron con crecidas bajas desde la loma a los bosques. Sin embargo, apenas bajaban las espadas cuando irrumpió un nuevo escuadrón indígena; rearmaron líneas y volvieron a dar carga con la caballería. Los mapuche, además de los lanceros, tenían hombres armados con mazas, boleadoras y lazos, con los que lograron desmontar a los jinetes españoles, y asestar golpes de mazo en sus cráneos cuando intentaban erguirse del suelo.

Batalla de Tucapel.

Se repitió una vez más el cuadro: tras el toque de un cuerno, el segundo escuadrón se retiró con algunas bajas, y un tercer contingente se presentó a la batalla. Detrás de esta estrategia de los batallones de refresco estaba Lautaro.
La situación de los castellanos se tornó desesperada. Valdivia ante el cansancio y las bajas, reunió a los soldados disponibles y se lanzó a la lucha encarnizada. Ya la mitad de los españoles yacían en el campo y los indios auxiliares mermaban. 
En un momento del combate, viendo que se les iba la vida, Valdivia se dirige a quienes aún le rodean y les dice:
"¿Caballeros qué hacemos?".
El capitán Altamirano responde:
"¡Qué quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!"

Valdivia al ver perdida la batalla ordeno la retirada, aunque solo el propio Valdivia y el clérigo Bartolomé del Pozo, que montaban muy buenos caballos, lograron escapar de la carnicería. Eventualmente llegaron a unas ciénagas, donde los caballos se empantanaron, y fueron capturados por los mapuches.
Según algunos historiadores, en un acto de justicia por las mutilaciones y masacre a los indígenas, Valdivia fue llevado al campo mapuche donde le dieron muerte después de tres días de torturas, que incluyeron cercenamientos similares a las realizados por el conquistador para escarmentar a los indios en aquella batalla. El martirio continuó con la amputación de sus músculos en vida, usando conchas afiladas de almeja, y comiéndolos ligeramente asados delante de sus ojos​. Finalmente extrajeron a carne viva su corazón para devorarlo entre los victoriosos toquis, mientras bebían chicha en su cráneo, que fue conservado como trofeo. El cacique Pelantarú lo devolvió 55 años después, en 1608, junto al del gobernador Martín Óñez de Loyola, muerto en combate en 1598. 

Valdivia capturado antes de su muerte.

Así termino la conquista de Pedro de Valdivia que consiguió fundar en aquellas tierras inhóspitas, temidas por los españoles, entre otras muchas,  la actual Santiago de Chile.

Estatua ecuestre de Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas de Santiago.

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