AMBROSIO SPÍNOLA (1569-1630)

Para muchos el último gran general español del siglo XVII, terminó su vida acorralado y humillado por el valido del rey: el Conde-Duque de Olivares. Murió balbuceando “honor” y “reputación”

Ambrosio Spínola

Fue un aristócrata genovés al servicio de la Monarquía Hispánica como general español, capitán general de Flandes durante la Guerra de los Ochenta Años, honrado como caballero de la Orden de Santiago y del Toisón de Oro. Fue uno de los últimos grandes generales de los Tercios quién se dejó la fortuna de su familia, y hasta la vida, para acabar con los enemigos del Imperio allá por Flandes. Seguramente su logro militar más exitoso fue la toma de la ciudad holandesa de Breda. Esta dedicación a la corona española le otorgó el título de Grande de España.

Nació en Génova en 1569. Ambrosio Spínola descendía de la Casa de Spínola, una familia noble y rica de Génova. Al fallecer su progenitor, Ambrosio heredó, además de grandes riquezas, los títulos de marqués de Benafró y de Sesto. Ambrosio mostró de joven su inclinación por las ciencias exactas y la historia. Formó sus estudios y residió en su ciudad natal hasta los treinta y cuatro años. Tiempo suficiente para garantizar la continuidad de su poderoso linaje.
Hay que recordar que, en el siglo XVI, la República de Génova era un Estado prácticamente en situación de protectorado bajo el poder de la monarquía española católica.
Contrajo matrimonio con la noble genovesa Juana Bassadonna, hija única del señor de la Tripalda, en Nápoles, conde de Gallarata, en Lombardía, y de Pellina Doria, cuyo aporte familiar fue de 500.000 escudos, lo que le reportó un incremento de su posición económica en Génova. Tuvieron cinco hijos, tres niños y dos niñas.

Mas tarde fue elegido magistrado de la república. Las casas de Spínola y Doria rivalizaban por ejercer el poder en la república. Por entonces los Spínola contaban con más miembros y mayor riqueza que las otras tres familias principales de Génova, los Doria, los Grimaldi y los Fieschi. Tras un fracaso en un enfrentamiento judicial con los Doria por una herencia, decidió retirarse de la ciudad y mejorar la fortuna de su casa sirviendo a la monarquía española en Flandes.

En 1602 él y su hermano Federico entraron en tratos con el gobierno español. A cambio de suministrar los fondos necesarios para el reclutamiento de 8000 soldados que deberían pasar a Flandes para participar en la invasión de Inglaterra, exigió que se le otorgase el mando.  Ambrosio asumió en efecto la jefatura de uno de los dos tercios en los que se encuadraron y cuyos gastos sufragó.​ Partió hacia el norte el 2 de mayo, llevando a las tropas con severa disciplina. 

El rey Felipe III acabó abandonando la el proyecto de la invasión de Inglaterra y Spínola pasó con sus tropas a Brabante (antiguo ducado situado entre Bélgica y los Paises Bajos), donde reforzó las tropas que mandaba el almirante de Aragón, que trataba de proteger la región de las incursiones rebeldes.
A finales de año regresó a Italia para conseguir más hombres. En 1603 volvió a Flandes, al frente de nuevas tropas pagadas por él mismo. La gran ventaja de Spínola era su capacidad para sufragar los gastos del ejército con su fortuna familiar si faltaban las ayudas de la corte madrileña. 

Entre tanto, su hermano Federico falleció en un combate naval contra los holandeses el 25 de mayo de 1603. Tras la muerte de su hermano, Spínola muy afectado, aceptó el difícil encargo del archiduque de culminar la toma de Ostende, cuyo prolongado sitio estaba en punto muerto. Adelantó cinco millones de florines al ejército español que sitiaba Ostende. Cantidad que no se le reintegró en su totalidad hasta 1619.
Ya no faltaron las pagas a los soldados, ni los víveres ni las municiones, y con la moral así renovada se reemprendió la campaña. Finalmente, el 22 de septiembre de 1604, consiguió la ansiada rendición de Ostende, sitiada durante treinta y nueve meses. 

Sitio de Ostende, 1604.

Se nombró al genovés maestre de campo general del ejército de Flandes en marzo de 1605. Los planes de Spínola comportaban un cambio radical de la estrategia bélica hispana: abandonar la defensa y emprender el ataque, llevar la guerra al territorio enemigo, hacer que el ejército se abasteciese en este y recaudar impuestos en él, para hacer que los costes de la contienda recayesen en los holandeses. 
En abril de 1605 estaba de nuevo en Bruselas donde rápidamente se hizo famoso por el número de plazas que tomó, casi todas ellas eran asedios. Tras socorrer Amberes, el ejército marchó contra Lingen cruzando el Rin.​ De camino tomó Oldenzaal en agosto.​ A finales del mismo mes se hizo con Lingen. Los españoles se apoderaron además de Deventer y emprendieron el sitio de Wachtendonk, pese a las dudas de los mandos españoles. Spínola insistió en adueñarse del lugar y lo logró, además de conquistar también el castillo de Krakau. En 1606 regresó a España, siendo recibido con grandes honores.

Bandera del Tercio de Spínola hacia 1621.

La vuelta a Flandes la hizo pasando primero por Génova y una vez obtenidos los fondos para sufragar los costes de guerra, comenzó la campaña. Cerco la ciudad de Grol, plaza bien protegida pero que capituló el 5 de agosto. Seguidamente marchó contra Rheinberg que cayó tras un mes de asedio.  Al concluir la campaña y por la nueva falta de dinero 3000 soldados se rebelaron. Una vez más Spínola se avaló para sufragar los pagos y expulsó de Flandes a los amotinados. 

Debido al desgaste acumulado por la guerra, holandeses y españoles se sentaron a negociar una tregua. Spínola participó en calidad de representante español en los largos tratos con los holandeses que se verificaron en La Haya y que concluyeron con la firma de una tregua de doce años en 1609. 
Spínola se vió obligado a entregar en garantía la totalidad de su fortuna para avalar los gastos de la guerra antes de que los banqueros adelantasen fondos a la Corona española. Ya que nunca se le restituyó ese dinero, quedó completamente arruinado. El gobierno español comenzó entonces a recurrir a excusas para mantenerlo lejos de España. 

En 1614 tomó parte en las operaciones relacionadas con la herencia de Cléveris y Jülich, conflicto en el que también participaron los holandeses. Conquisto Wessel, veintiocho plazas en el país de Juliers, veinticuatro en el de la Marcka y Berghes; y diez en el de Clevesy. Además ocupó la ciudad de Aquistarán. 
Cuando estalló la guerra de los Treinta Años en 1618, condujo una vigorosa campaña por el Bajo Palatinado, parte de cuyo territorio conquistó en 1620 y fue recompensado con el grado de capitán general. 

Asedio de Aquistarán en 1614.

Cuando se acercó el momento de prorrogar la tregua con las Provincias Unidas o de retomar la guerra, Spínola se pronunció en favor de la paz. Pero Felipe III de España decidió volver a la guerra, opinión que compartió su hijo y heredero Felipe IV, pese a la falta de fondos para retomar las operaciones militares. 
Sin ningún tipo de ayuda económica, Spínola regresó a Bruselas para encargarse de reorganizar el ejército y prepararlo para el inminente comienzo de las hostilidades. Esta​ falta nuevamente de fondos, le trajo problemas para asegurar el pago de los soldados y del resto de gastos militares. 

Fue entonces cuando Spínola obtuvo la más renombrada victoria de su carrera, la captura de Breda tras un largo asedio sobre la ciudad que duró nueve meses (agosto de 1624 - junio de 1625). Breda contaba con una guarnición de siete mil hombres y estaba defendida por unas excelentes fortificaciones. En la Corte de Madrid diversas consultas del consejo de estado muestran las dudas que semejante empresa generaba. La victoria se consiguió el 5 de junio de 1625, tras una campaña modelo de organización y de heroísmo. Ésta constituye la hazaña militar que más fama dio a Ambrosio Spínola y uno de los hechos de armas más conocidos universalmente.

La rendición de Breda de Velázquez.

Recibió todo tipo de felicitaciones y Felipe IV le concedió la encomienda mayor de Castilla, lo que no le produjo gran satisfacción ya que no compensaba su gastos invertidos en la corona durante doce años. 
En cambio, no faltaron críticos de aquella estrategia que implicaba el sitio lento y costoso de plazas fuertes, cuando lo que se precisaba eran campañas rápidas y victoriosas. Spínola permaneció aún tres años más en Flandes. 

En octubre de 1627 obtuvo licencia por tres meses para ir a la Corte. Felipe IV le recibió con todo tipo de pruebas de estimación. Se reunió con el Consejo de Estado, al que pertenecía, y al que le explicó la delicada situación en Flandes y la alternativa de una nueva tregua:
“se corre el riesgo de un motín grandísimo; porque los años pasados como había muchos motines y se iban pagando unos y otros, pero ahora que ha tanto tiempo que no ha habido motín, ni se ha dado remate a nadie, todos alcanzan muchísimo, y si lo viniese a haber, no sé dónde se podría hallar tanto dinero. Que se haga la tregua a lo menos por treinta años”

El conde duque de Olivares no propició las recomendaciones de Spínola al rey. Olivares estaba receloso de la figura de Spínola que tuvo que aguantarle todo tipo de insolencias.

Felipe IV mandó a Spínola reincorporarse con urgencia a Flandes. El conde-duque de Olivares reiteró la orden de marcha en varias ocasiones. También se le apremió desde Flandes para su regreso, pero Spínola se negaba a regresar con las manos vacías ante las oscuras perspectivas bélicas que se avecinaban.

Cuando estalló la guerra de Sucesión de Mantua, el gobierno de España nombró a Spinola gobernador del Milanesado el 16 de junio de 1629. Ya en Italia sufrió los efectos de la enemistad de Olivares, quien provocó que se le privase de sus poderes como plenipotenciario. La salud de Spinola se derrumbó- Fue objeto de expropiación de su dinero, escatimada la compensación que había reclamado para sus hijos y fue dejado caer en desgracia en presencia del enemigo. Agravada su enfermedad, tomó la decisión de retirarse definitivamente. El 15 de septiembre de 1630 salió hacia Castelnuovo di Scrivia, para morir el día 25 del mismo mes, a la edad de sesenta y un años. En su lecho de muerte balbuceó incesantemente las palabras “honor” y “reputación”.

Ambrosio Spínola de Rubens.

El último gran general de la España de los Austria murió con una economía maltrecha, pero su memoria adquirió carácter legendario.

Quevedo dijo de él: “Enterraron con su cuerpo el valor y la experiencia militar de España: sabemos que le lloró Italia, mas no cuándo dejará de llorar”. También le dedicó un soneto, cuyo último terceto dice así: “En Flandes dijo tu valor tu ausencia/en Italia tu muerte, y nos dejaste, / Spínola, dolor sin resistencia”.

Lope de Vega le dedicó estos versos: “Tengo al Marqués de Spínola, animando / los españoles, a quien tanto deben, / cuando estaban las armas espirando”.

Y el propio Calderón, en El sitio de Breda, dejó este notable elogio: “Ese noble ginovés / que si a rendirle se ofrece / estrecho el mundo parece: / Y no es mucho siendo tal/ ese altivo General / que al Rey de España convida /con la hacienda y con la vida / animoso y liberal”.

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