BATALLA DE CAVITE, 1 de Mayo de 1898

El orgullo español se enfrentó a la poderosa marina estadounidense a sabiendas de la gran diferencia armamentística entre ellos. Una mala decisión española hizo que los americanos tomasen Manila.

Batalla de Cavite.

Hasta 1898 España mantenía tres grandes y valiosas colonias: Cuba y Puerto Rico en el Caribe y el archipiélago de Filipinas en el Pacífico. El total de islas de este último superaba en número las 3.000. Su control era muy complejo para el gobierno español, ya que la piratería ejercía total hegemonía en esas aguas y su erradicación entrañaba serias dificultades. España se veía obligada a dedicar casi la totalidad de su precaria armada, pequeños cañoneros y cruceros ligeros, a combatirla. Mientras tanto, la metrópoli se hallaba sumida en una grave crisis política desde el final del reinado de Isabel II. Alfonso XIII era aún un infante por lo que se encontraba al frente del país la regente, su madre, la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, viuda del rey Alfonso XII, que ejercía su función junto a  Mateo Sagasta, presidente del gobierno.  

En esa época el poder de un país era directamente proporcional a la cantidad de extensión territorial que poseía, imponiendo así su influencia y moneda. España con una gran inestabilidad política, se hallaba pues indefensa a merced del ansia colonizadora no solo de las potencias europeas sino también de EE.UU que, en concreto, pugnaba por hacerse con Cuba y las Filipinas, un objetivo con el que soñaban varios presidentes estadounidenses.

La excusa perfecta de los estadounidenses para declarar la guerra a España fue culparlos falsamente de la explosión del acorazado USS Maine. Diez días después de la explosión (15 de febrero de 1898), el comodoro Dewey, al frente del Escuadrón Asiático en Yokohama, recibió la orden de dirigirse a Hong Kong y allí prepararse para atacar Filipinas en caso de estallar la guerra con España. Una vez llegados a Hong Kong el 2 de Marzo, instruyó a sus tripulaciones, saliendo de la bahía de Hong Kong a hacer prácticas de tiro cada pocos días.

Comodoro George Dewey

El 22 de abril llegó un refuerzo sustancial con repuesto de municiones para el resto de la escuadra, el crucero protegido Baltimore. El mismo día recibía el telegrama de que estuviese listo para zarpar inmediatamente, ya que la guerra era inminente. 

Al día siguiente estalló la guerra, teniendo 48 horas de plazo para abandonar Hong Kong según las leyes de neutralidad británica. La escuadra norteamericana salió de Hong Kong el 25 de abril y se dirigió a la vecina bahía de Mirs, donde completó su alistamiento durante otros dos días, recibiendo noticias del Consulado estadounidense sobre los preparativos españoles para su defensa. Finalmente, el 27 de abril zarpó hacia Filipinas.

Los americanos contaban con seis buques, los Olympia, Baltimore, Raleigh, Petrel, Condord y Boston. Los cuatro primeros eran cruceros protegidos y, los dos últimos, grandes cañoneros. En total sumaban 19.000 toneladas de desplazamiento. El insignia del almirante Dewey, al mando de las fuerzas atacantes, era el Olympia. Su poder ofensivo combinado era el siguiente: diez cañones de 203 mm., veintitrés de 152, veinte de 127 y un total de cincuenta piezas ligeras que iban de los 57 mm a 37 mm. Completaban su armamento 10 tubos lanzatorpedos. Eran de construcción moderna.

USS Olympia de la armada de los EEUU.

Las fuerzas navales del Apostadero se reducían a dos cruceros de más de tres mil toneladas, el Reina Cristina y el Castilla (este último, de casco de madera) y cinco cruceros de mil toneladas. Sin embargo, dos de los últimos, el crucero Velasco y el Ulloa tenían sus máquinas inútiles. Además había tres cañoneros de 500 toneladas con algunas piezas de mediano calibre, de los que uno estaba inútil y otro destacado al sur de las Filipinas. Aparte, algunos transportes de guerra, cañoneros y lanchas guardacostas, todos armados ligeramente y que no podían intervenir en el combate.

Hay que reiterar el mal estado de mantenimiento en el que se encontraban los buques españoles, y es que el arsenal de Cavite había quedado del todo punto obsoleto para las necesidades de éstos. En el momento de estallar la guerra, tres de los principales buques estaban siendo sometidos a grandes reparaciones y el resto se encontraba en deficiente estado. Diríase que aquella parecía más una escuadra que acabara de salir de un combate que una que se preparara para empezarlo. A esta deplorable situación del material a flote se unía la escasez y la falta de preparación del personal que componía en aquellos momentos la Armada Española.
Debido a ello, el contraalmirante Patricio Montojo pidió buques, cañones de costa y minas a Madrid, que finalmente decidió enviar minas, demasiado tarde para ser utilizadas en el combate.

Contraalmirante Patricio Montojo.

El capitán general de las Filipinas, Fernando Primo de Rivera, era partidario de defender Manila a toda costa. La flota española no tenía por qué presentar combate en alta mar. Bastaba con adoptar una posición defensiva y apoyarse en las baterías de costa. Sin embargo, un arrebato caballeresco llevó al el contralmirante Montojo a desechar la mejor protección para evitar la destrucción de la ciudad y preservar las vidas de los civiles. Montojo consideraba que la ciudad podía sufrir numerosas pérdidas materiales y humanas exponiéndose a un bombardeo, y prefería batirse en Súbic, bahía de excelentes condiciones de defensa.

Montojo decidió no hacer por su parte prácticas de tiro debido a su escasez de municiones. El 12 de abril el general Basilio Augustín y Dávila (sin experiencia en el archipiélago), sustituía como capitán general de Filipinas a Primo de Rivera. 

Al tener noticia el 25 de abril de que la escuadra de Dewey había zarpado de Hong Kong, Montojo zarpó con la suya hacia Súbic. En la entrada de la bahía se averió el crucero Castilla, que debió ser remolcado. Por todo ello, Montojo decidió que presentaría batalla en Cavite, ya que ni él mismo ni tampoco el nuevo capitán general querían ver Manila expuesta a un bombardeo. La flota española esperaba la llegada de la armada americana para entablar combate. 

La escuadra de Dewey llegó la noche del 30 de abril a Súbic. Al no encontrar allí a Montojo, entró en la bahía de Manila sin que los cañones de la entrada hiciesen apenas un par de disparos contra él, sin ningún efecto, y llegó frente a la ciudad. Al no ver allí a la escuadra española, se dirigió hacia Cavite.

Tripulación del Reina Cristina antes de la batalla.

El 1 de Mayo a las cinco y cuarto de la mañana comenzó el combate. A una distancia quizás excesiva de 5.000 metros los buques españoles abrieron fuego, contestando 25 minutos después los Olympia, Baltimore y Boston que, con su artillería de 203’2 mm, concentraban su fuego sobre los Castilla y Cristina, recibiendo estos últimos numerosos impactos que causaron grandes daños. 
La flota de Dewey inició entonces una serie de pasadas a una velocidad de 6 nudos, reduciéndose poco a poco la distancia del combate con los inmóviles buques españoles, que llegó a ser de 2.000 metros.
La táctica española era la de acercarse con su buque insignia el Cristina, apoyado por la artillería del Austria, lo más posible al enemigo, con el fin de torpedearlo, cosa que no se pudo conseguir al ser rechazados los intentos por el fuego enemigo.

La superioridad americana se basó principalmente en sus cañones de gran calibre, de los que carecía la escuadra española y por la mejor calidad de las denominadas piezas de tiro rápido. Dos horas y media de combate después, la situación de la escuadra española no era tan mala como cabría imaginar. Sólo en dos cruceros españoles (el Castilla y el Cristina)  la situación era casi insostenible, ya que ambos tenían graves daños y numerosas bajas, pero aún así continuaban a flote y seguían disparando. El resto apenas habían recibido algunos impactos y estaban en condiciones de soportar sin problemas el castigo americano durante bastante tiempo.

Croquis del combate naval de Cavite.

Dewey ordenó la retirada al ver los escasos resultados de su ataque, aprovechando esta pequeña tregua para dar de comer a sus cansadas dotaciones. La situación se tornaba preocupante para el almirante americano, haciéndole reflexionar sobre el hecho de que a pesar de haber consumido la mitad de sus municiones, no había conseguido sin embargo hundir ningún buque enemigo.
Hay que destacar que si Montojo hubiera adivinado la preocupación del almirante yanqui no habría hecho lo que hizo.

La realidad fué que mientras los americanos se retiraban, Montojo ordenó abandonar los buques ya incendiados Cristina y Castilla. En el proceso, murió alcanzado por una granada enemiga el comandante del Cristina, Luis Cadarso y Rey. Montojo desembarcó en Cavite para curarse de una contusión en la pierna. Allí fue felicitado por el comandante del arsenal, Enrique Sostoa Ibáñez, por haber rechazado el ataque estadounidense. Montojo le replicó que estaba vencido y le encargó, si Dewey regresaba, varar los buques y desembarcar a las tripulaciones. Mientras tanto él mismo se marchaba a Manila.

Vista del crucero Español Reina Cristina tras ser hundido en la batalla de la bahía de Manila.

Dewey transbordó carbón y municiones de sus transportes. Sin embargo, Dewey decidió esperar a que se dispersase el humo del combate para ver cómo había quedado la escuadra española. Los incendiados Cristina y Castilla, abandonados a sus incendios, explotaron. Al oír las explosiones, Dewey regresó, disparando sobre los buques que estaban siendo varados, contra los inútiles y sin tripulación Velasco y Lezo, explotando este último por la pólvora que tenía a bordo, y también sobre el arsenal de Cavite.

De los dos cañones de 150 mm que defendían este arsenal español, solo uno pudo hacer fuego durante el combate y no alcanzó ningún blanco, por tener las alzas marcando ocho kilómetros, muy por encima de la distancia real del enemigo. La derrota española fue ya inevitable.

Pese a la superioridad artillería de los americanos, el porcentaje de acierto de sus cañones fue ridículo. Los cañones de 152 mm sólo consiguieron un 1% de impactos, los de 127 alcanzaron el 3’5% y sólo los de 203 tuvieron un aceptable 9%, siendo los que más daño hicieron a los buques españoles.
En total los americanos hicieron 5.859 disparos de los que sólo unos 145 lograron alcanzar su objetivo: 81 impactos recibieron entre los cruceros Cristina y Castilla, 33 el Ulloa, 13 el Austria, 10 el Duero, 5 el Isla de Cuba y 3 el Isla de Luzón.

Los americanos reconocieron 13 hombres muertos y 38 heridos. Los españoles sufrieron 60 muertos en la escuadra y 17 más en el arsenal. Con esta batalla, Dewey logró el dominio de la bahía de Manila y esto animó a los filipinos a sublevarse contra los españoles. A Dewey se le ascendió a contraalmirante por esta victoria.

Por haber abandonado a su escuadra antes de haber finalizado el combate, Montojo fue encausado y expulsado de la Armada, siendo readmitido más tarde en la reserva. Parece claro que la decisión de Montojo de hundir sus buques fue algo precipitada aunque es importante no olvidar que, en el fragor del combate, se pueden tomar decisiones equivocadas. Prefirió salvar a su tripulación y los civiles de Manila que arriesgarse a una destrucción total de su flota sin tener el convencimiento de poder conseguir una victoria. Victoria que no obstante, estuvo al alcance de su mano.



Fecha1 de mayo de 1898
LugarBahía de Manila
Coordenadas14°29′N 120°56′ECoordenadas14°29′N 120°56′E (mapa)
ResultadoVictoria decisiva estadounidense
Beligerantes
Bandera de España EspañaBandera de Estados Unidos Estados Unidos
Comandantes
Contraalmirante Patricio Montojo y PasarónComodoro George Dewey
Fuerzas en combate
1 crucero de 1ª Clase
1 crucero de madera
4 cruceros de 2ª Clase
1 cañonero
5 cruceros protegidos
1 cañonero
Bajas
77 muertos
280 heridos
7 barcos perdidos
13 muertos y 38 heridos

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