EL RIF, CÓMO SE LLEGÓ AL DESASTRE DE ANNUAL

 El Desastre de Annual fue una tragedia que se cobró la vida de unos 10.000 soldados españoles. ¿Cómo nació la colonia española en el norte de África? ¿Por qué acabamos envueltos en una guerra que duro años?

El alto comisario para Marruecos, general Dámaso Berenguer (con traje de tela de chilaba), visita Monte Arruit, donde perecieron o fueron hechos prisioneros los hombres de la columna Navarro tras el desastre de Annual.

Desde la segunda mitad del s.XIX, España y Francia mantuvieron un largo y tenso tira y afloja por la influencia de sus respectivas naciones en el norte de África. De esta manera, para 1884, un año antes de morir Alfonso XII, el gobierno de Cánovas del Castillo creó un protectorado en la costa atlántica sahariana frente a las islas Canarias. 

Será bajo el reinado de Alfonso XIII, aprovechando las tensiones entre las potencias europeas por el expansionismo imperialista, cuando se de un nuevo impulso a la empresa africana: Maura en 1904 consiguió mantener el statu quo del Estrecho y Canalejas en 1912 se vio beneficiado por el Tratado de Fez, por el cual España consolidaba su posición en el norte de Marruecos con nuevos territorios y la creación de un protectorado de iure. Además, el tratado otorgaba la concesión para la explotación de las minas del hierro del monte Uixan a la Compañía Española de Minas del Rif. La compañía también recibió el permiso para construir un ferrocarril que conectara dichas minas con Melilla.

Protectorado español de Marruecos 1905-1956

Con todo, es menester recordar que el gobierno de Canalejas recogió las migas sobrantes del pastel marroquí francés, en la época se solía decir que nos tocó «el hueso de la Yebala y la espina del Rif». Las dos zonas del protectorado español tenían pocos caminos pavimentados, andaban carentes de una red fluvial suficiente para una agricultura de provecho, solían sufrir una sequía cada dos años y estaban separadas por la bahía de Alhucemas. Por no hablar del agreste y dificultoso paraje que ofrecía la orografía del lugar; la Yebala y el Rif permanecían prácticamente vírgenes de penetración española a la altura de 1919. A esto cabría sumar la abismal diferencia demográfica.

De los, aproximadamente, 9 millones de habitantes que tendría Marruecos a comienzos de siglo, tan solo 600.000-700.000 marroquíes vivían bajo el dominio español. Una población que, acostumbrada a vivir bajo unas condiciones tan paupérrimas como las expuestas, se veía obligada a emigrar periódicamente a las regiones agrícolas controladas por los franceses para trabajar en la recolección,  momento que aprovechaban para dotarse de armas. Esta referencia a la dotación de armas es muy propicia para destacar que no hablamos de una población cualquiera. 

Regulares de Ceuta baten al enemigo desde las lomas de Nador con una ametralladora Hotchkiss

El Marruecos español se encontraba habitado por insumisos bereberes agrupados en tribus controladas por sus respecticas yemaas o asambleas de notables. Los clanes que integraban cada tribu tenían sumamente interiorizado un espíritu violento y agresivo, en el que la guerra estaba a la orden del día. El general Martínez Campos comparaba así a los reclutas españoles con los guerreros norteafricanos: «Hombres acostumbrados a carreteras, a caminos o, cuando menos, a senderos de montaña; hombres, además, recién llegados de un ambiente en que la guerra se miraba como algo intolerable; [...] y al otro lado, gentes no sólo acostumbrados a pelear, sino para quienes la guerra estaba conectada con el pan de cada día»


Ya, en la más efervescente adolescencia, los chicos se unían a sus mayores en las más variadas tareas bélicas. El lif, una especie de pacto de sangre, reforzaba dicho comportamiento grabando a fuego en estas tribus y clanes el significado de la venganza en caso de ofensa. El terreno, sus gentes y sus costumbres hacían de la contienda que se presentaba en Marruecos, un modelo de guerra antiética para los europeos de la época, y los rifeños lo sabían. Mal armados y escasos de munición, así se batían los rifeños contra los españoles. Es cierto que la mayor parte de las armas y pertrechos procedían del contrabando de los oficiales del Ejército español, pero más cierto es aún que los nativos no solían salir bien parados de estos intercambios: fusiles defectuosos, algunos descatalogados y escasa munición que tenían que volver a rellenar para poderla reutilizar. Un cóctel aparentemente inofensivo, aderezado con un excelente conocimiento del terreno y agitado con un ánimo tan infatigable como cambiante. 

Trinchera construida por harkas (milicias) de cábilas rebeldes.

Que los rifeños conocían como la palma de su mano aquel tormentoso paraje, no es nada nuevo. Como tampoco era nueva la presencia de los morabitos (santones que predicaban la guerra santa), responsables, en parte, de los frenéticos vaivenes de la población nativa, que en cuestión de horas podían pasar de la sumisión más complaciente a la rebelión más enardecida. El paqueo era el cóctel resultante de los ingredientes mentados. ¿Cómo se servía? Pues en forma de ataques sorpresa y hostigamiento feroz. La extraordinaria movilidad de los rifeños y su perfecto conocimiento de la orografía, les permitía apostarse en las zonas más escarpadas e inaccesibles, desde donde podían practicar el tiro al recluta con toda la tranquilidad del mundo.

El hecho de que los españoles estuvieran condenados a mantener una actitud defensiva en los blocaos facilitaba aquel ejercicio de tiro, sobre todo cuando los peninsulares abandonaban sus fortines en patrulla en busca de la imprescindible aguada. Muchos oficiales españoles abogaron por copiar las tácticas de los guerrilleros de la Guerra de la Independencia para contrarrestar los efectos del paqueo, sin embargo, los más, prefirieron adaptarse a las tácticas de la Gran Guerra y abrazarse a las tácticas defensivas. 

Fachada de la fortificación de Monte Arruit, asedia por las tropas rifeñas desde el 24 de julio al 9 de agosto de 1921

Con el tiempo las fuerzas españolas supieron adaptarse a este desconcertante modo de hacer la guerra, y aún así, sólo lo hicieron las unidades de élite, los reclutas continuaron siendo dianas para los moros. Poco a poco, la empresa en Marruecos se fue convirtiendo en un dolor de cabeza para España, ya lo decía Gabriel Maura al afirmar que Marruecos no podía ser «la colonia cómoda y barata» que muchos deseaban. A los terribles costes humanos se sumaba un desastroso balance económico. El coste total desembolsado en Marruecos se ha cifrado en 6.600 millones de pesetas de entonces. A pesar de las notables reformas fiscales de la Restauración, que consiguieron equilibrar la balanza a finales del s.XIX, el déficit comenzó a dispararse en 1907.

Canalejas llegó a confesar a un genera que «nosotros no podemos sostener la situación económica crítica impuesta a la Nación por los gastos militares en África». Al contrario de lo que históricamente se ha venido pregonando, no parece que las clases capitalistas fueran responsables del mantenimiento de la colonia, ya no solo por la escasa capacidad de extracción de recursos de Marruecos, sino también por la montaña rusa que suponía en la Bolsa los rocambolescos acontecimientos del protectorado. 

La insistencia en mantener los dominios norteafricanos venía principalmente de la clase política. A pesar de ser conscientes del escaso provecho del protectorado, los muchos problemas que granjeaba y la enorme impopularidad de la empresa, los políticos españoles se veían obligados a defender con uñas y dientes el Marruecos español por una cuestión de prestigio internacional.

Alfonso XIII pasando revista a las tropas

Un periodista francés de la época escribió que «las posesiones africanas son la única carta de presentación que le queda a España en el concierto europeo». Sin proyecto del Gobierno ni del Parlamento y sin una dirección firme y estable, la aventura en África quedó a la deriva, destinada a contener la resistencia de los indígenas, malgastar más dinero público, derramar sangre de reclutas y esperar el devenir de nuevos acontecimientos. Con gran pesar, consciente del desastre, el general Miguel Primo de Rivera escribía así al Conde de Romanones: «España, en este caso, se asemeja a un viudo a quien la esposa hubiera dado muchos disgustos y, a poco de perderla y costear, arruinándose, los gastos del entierro, decidiera casarse de nuevo con otra menos rica y de peor carácter».



Autor del Artículo: Manuel Fuentes Márquez
Autor de Libros y Lanzas. Bachiller del Quijote, licenciado en quevedología, revertiano empedernido y liberal Villanuevista. Alguacilillo de la Historia.


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