LOS 26 MÁRTIRES CRISTIANOS DE NAGASAKI

El 5 de febrero de 1597, 26 cristianos (jesuitas, franciscanos y conversos japoneses), fueron crucificados en la colina de Nagasaki (Japón) por una orden imperial en base a una mentira, según la cual, estos sacerdotes católicos serían en realidad, la avanzadilla de un ejército conquistador español.

Crucifixión de los mártires

El 15 de agosto de 1549, los sacerdotes jesuitas Francisco Javier, Cosme de Torres y Juan Fernández llegaron a Kagoshima desde España con las esperanzas de llevar el catolicismo a Japón. El 29 de septiembre de aquel año, Javier visitó a Shimazu Takahisa, el daimyō de Kagoshima, pidiéndole permiso para construir la primera misión católica en Japón. El daimyō consintió con la esperanza de poder tener una relación comercial con Europa. 

Esta actitud tolerante hacia los misioneros de la Compañía de Jesús concluyó con el asesinato de Oda Nobunaga en el incidente de Honno-ji y posterior ascenso al poder de uno de sus principales vasallos, Toyotomi Hideyoshi. Hideyoshi, de actitudes más conservadoras hacia las influencias extranjeras, subvirtió la política de su antecesor y promulgó en 1587 el primer edicto de prohibición del cristianismo en Japón y expulsión de los misioneros jesuitas.

Este edicto fue el primer paso de una larga represión que tuvo su momento álgido, después del incidente del San Felipe, con la condena a muerte de 26 cristianos 4 misioneros franciscanos europeos, un franciscano novohispano (San Felipe de Jesús), un indio (San Gonzalo García), 3 jesuitas japoneses y 17 laicos japoneses, incluidos 3 menores de edad, los cuales salieron de Kioto escoltados por soldados y fueron ejecutados en la colina Nishizaka, en las afueras de Nagasaki.​ Los individuos fueron alzados en cruces y lanceados ante la multitud.

Ilustración de la crucifixión

Según el jesuita Diego R. Yuki, los portugueses, españoles y los cristianos japoneses que contemplaron la escena, rompieron el cordón de los soldados, corrieron hacia las cruces y empaparon de sangre trozos de paño y se llevaban pedazos de los hábitos y kimonos de los ajusticiados. Los soldados los arrancaron de allí a golpes. Al restaurarse el orden, Terazawa Hanzaburo (hermano del Gobernador de Nagasaki y que crucificó a los 26 mártires) colocó centinelas con severas órdenes para que nadie se acercase. Después, la colina comenzó a llenarse de oraciones de varias gentes. Se tuvo que cubrir los cuerpos. 


En los días siguientes Terazawa hizo cercar el lugar con cañas de bambú y reforzó la guardia. Sin embargo, de día los cristianos simulaban negocios que los obligaban a pasar por el camino de la colina deteniéndose en ella, hasta que los centinelas los forzaban a seguir. De noche pequeñas barquillas abordaban sigilosamente el acantilado. Los habitantes de Nagasaki vivían pendientes de la colina Nishizaka. Al año siguiente en 1598, un legado de Filipinas había recogido, previa autorización de Toyotomi Hideyoshi, los últimos restos de las víctimas y sus cruces; quedaron únicamente los hoyos que poco a poco iban cegándose. En los años posteriores la persecución continuó esporádicamente, explotando otra vez entre 1613 y 1637, tiempo durante el cual el catolicismo estuvo oficialmente prohibido. La Iglesia católica en Japón permaneció sin clero y la enseñanza teológica se desintegró hasta la llegada de los misioneros del Oeste en el siglo XIX.

Dos siglos y medio después de la ejecución, cuando los misioneros cristianos regresaron a Japón, encontraron una comunidad de cristianos japoneses que había sobrevivido escondiéndose. Así como hubo bastantes otros mártires (sobre todo en Nagasaki), los primeros fueron especialmente reverenciados, el más celebrado de los cuales fue San Pablo Miki, de la Compañía de Jesús. De los 26 mártires de Japón, 23 de ellos fueron beatificados el 15 de septiembre de 1627, y los 3 jesuitas en 1629. En la canonización también hubo diferencias, pero los 26 fueron canonizados el 10 de junio de 1862 por el papa Pío IX.

Monumento a los 26 mártires de Nagasaki

Esta es la lista y el perfil de cada uno de los 26 cristianos crucificados:

San Francisco, el carpintero de Kioto
Porfiado, fiel, que siguió a los otros hasta conseguir ser agregado a ellos. «Adaucto» lo llaman algunas de las crónicas, recordando un hecho parecido de la historia de la iglesia primitiva.

San Cosme Takeya
El forjador de espadas, natural de Owari, bautizado por los jesuitas y catequista de los franciscanos con quienes trabajaba en Osaka.

San Pedro Sukejiro
El joven de Kioto, enviado por el Padre Organtino para que socorriese a los Mártires durante su peregrinación. Su servicio abnegado le valió el ser añadido al grupo.

San Miguel Kozaki
De cuarenta y seis años, fabricante de arcos y flechas, natural de la provincia de Ise. Era ya cristiano cuando llegaron los frailes y puso a su servicio sus conocimientos de carpintero, ayudándoles a construir las iglesias de Kioto y Osaka. Y les dio algo que valía más aún: su hijo Tomás.

San Diego Kisai
El hermano Coadjutor devoto de la Pasión del Señor, con sus sesenta y cuatro años, su vida trabajada y su alma serena. Era natural de Okayama, y tenía a su cargo el atender a los huéspedes en la casa de los jesuitas de Osaka.

San Pablo Miki
Del reino de Tsunokuni, hijo del valiente capitán Handayu Miki. Educado desde niño en el Seminario de Azuchi y Takatsuki, había seguido en su vida de jesuita todas las vicisitudes de la Iglesia japonesa. Amó con pasión su vida apostólica. Estaba ya muy cerca de su sacerdocio. Era el mejor predicador que había en Japón; solo enmudeció cuando las lanzas rompieron su corazón de treinta y tres años.

San Pablo Ibaraki
De Owari. Fue samurái en su juventud. Bautizado por los jesuitas conoció la lucha de la tentación contra la fe y también la paz del alma, que alcanzó en sus últimos años a la sombra del convento de Nuestra Señora de los Ángeles, de Kioto. Vivía pobremente con su familia de las ganancias de la fabricación del vino de arroz, y ayudaba a otros más pobres que él. Y también predicaba a Cristo.

San Juan de Gotoo
Con sus diecinueve años inmaculados y alegres, con su corta vida bien llena en el servicio de Dios. Natural de las islas de Gotoo, hijo de padres cristianos, se educó con los jesuitas en Nagasaki y luego en el colegio que éstos pusieron en Shiki (Amakusa) para sus catequistas músicos y pintores. De allí fue a Osaka donde trabajó con el Padre Morejón hasta que Dios le ofreció la corona.

San Luis Ibaraki
El benjamín de los Mártires, doce años, de Owari, sobrino de los Mártires Pablo Ibaraki y León Karasumaro. El niño que reía y cantaba cuando le cortaban la oreja y en el camino y en lo alto de la cruz; que rechazaba con energía varonil las insinuantes invitaciones a la apostasía.

«Aquí va Luisillo, con tanto ánimo y esfuerzo que pone admiración a todos», había escrito la víspera de su muerte San Francisco Blanco.

San Antonio Deynan
De Nagasaki, cándido corazón de trece años, hijo de padre chino y de madre japonesa, educado primero en el colegio de los jesuitas de Nagasaki y luego en el convento franciscano de Kioto.

Vence al pie de la cruz la mayor tentación, las lágrimas de su madre. Luego muere cantando.

San Pedro Bautista
Embajador de España, comisario de los franciscanos, padre de los pobres leprosos, capitán de Mártires. Desde San Esteban del Valle (Ávila) hasta la colina Nishizaka su vida de cuarenta y ocho años tiene demasiadas páginas de trabajo y santidad para poder resumirla aquí.

San Martín de la Ascensión
De Guipúzcoa, treinta años. Dicen que su pureza era muy grande, tal vez por eso cantaba tanto. A pie se fue hasta Sevilla cuando recibió la orden de partir para Filipinas, y en el viejo convento de la plaza de San Francisco se repartía con un compañero las horas de la noche para llenarlas de oración.

Su apostolado en Japón, en Osaka, fue breve, su muerte espléndida.

San Felipe de Jesús, o de las Casas
Veinticuatro años, de México. Plata buena cincelada por Dios. Su vida joven fue una encrucijada de caminos, un choque de voluntades. Luchan brazo a brazo Cristo y Felipe.

Conquistado en esa lucha, Felipe siente el apremio de rescatar el tiempo perdido, es el primero en morir.

San Gonzalo García
Cuarenta años, nacido en el lejano ‘dom’ Bazain, (Vasei) de padre portugués y madre india. Catequista de los jesuitas, mercader en Macao, lego franciscano. El brazo derecho de San Pedro Bautista. Tartamudea al hablar portugués y se enfrenta en fluido japonés con el señor de Japón. Es el patrono de la diócesis de Bombay, India.

San Francisco Blanco
El gallego de Monterrey (Orense), compañero de San Martín de la Ascensión y semejante a él hasta en el irse andando a Sevilla. Hombre pacífico, silencioso, de clara inteligencia.

San Francisco de San Miguel
Cincuenta y tres años, de La Parrilla (Valladolid). Yo quisiera decir muchas cosas de él, ya que fue tan callado en su vida. «Viendo su buen espíritu y fuerzas corporales y poca malicia, le dieron hábito para fraile lego.» ¡Qué cosas dicen las viejas crónicas! También las decía él: Aquella su típica frase: «Mañana tañerán a comer», cuando querían hacerlo desistir de sus ayunos; aquel gustarle aspirar «los vientos japónicos», cuando estaba en Manila, Filipinas. Y luego su noche oscura en la misión, cuando se imagina que es inútil allí y le vienen deseos de volverse a Filipinas. Su muerte, como su vida, silenciosa.

San Matías
No sabemos su edad, ni su ciudad natal, ni la fecha de su bautismo. Solo sabemos el nombre y el rasgo con que alcanzó el martirio. Buscaban los soldados a otro Matías; éste se ofreció en su lugar, los soldados lo aceptaron; Dios también.

San León Karasumaru
De Owari, hermano menor de San Pablo Ibaraki. Fue bonzo budista en su juventud. Ganado para Cristo por un jesuita japonés, su vida fue siempre modelo de fervor. Cuando llegaron los franciscanos, él fue su principal apoyo. En la construcción de las iglesias, la adquisición de los terrenos o la dirección de los hospitales, siempre podían contar con León. Catequista celoso, hombre de oración, figura en la historia del martirio como la cabeza del grupo de mártires seglares.

San Ventura
Su vida joven lleva el sello de los caminos misteriosos de Dios. Bautizado muy niño, pierde a su madre a los pocos años; viene una madrastra pagana y Ventura es confiado a un monasterio de bonzos. Un día descubre que está bautizado, busca y en el convento franciscano de Kioto, su ciudad natal, encuentra la paz del alma. Pidiendo por la perseverancia de su padre y la conversión de su madrastra, camina hacia la cruz.

Santo Tomás Kozaki
Bajo apariencias un tanto rudas, su corazón de catorce años es bello como las perlas de Ise, su patria. Ya cristiano entra con su padre en el círculo franciscano. Con los frailes se queda a vivir en el convento de Osaka. Carácter recto, decidido, realiza su entrega con una sinceridad sin sombra. La carta de despedida que escribe a su madre desde el castillo de Mihara, es una de las joyas que esmaltan la ruta de los veintiséis Mártires.

San Joaquín Sakakibara
Cuarenta años, de Osaka. Bautizado por un catequista cuando se hallaba gravemente enfermo, muestra luego su agradecimiento por el don del bautismo ayudando a construir el convento franciscano de Osaka, donde trabaja después como cocinero. Su carácter colérico se suaviza, se hace humilde, servicial. Y de su cocina lo saca Dios para llevarlo a los altares.

San Francisco, el médico apóstol
Natural de Kioto, de cuarenta y ocho años. Todavía pagano llevó durante cuatro años un rosario que había pertenecido a Francisco Otomo, el daimyō de Bungo. Tocado de la gracia, llega al convento de los franciscanos. Una vez bautizado y después de convertir a su mujer, pasa la vida al lado del convento curando gratis a los pobres, llevando la luz a las almas.

Santo Tomás Dangui
El farmacéutico de carácter terrible, trocado por la gracia en bondadoso catequista. Cristiano antiguo de Kioto, trasladó su tiendecilla al lado del convento de Nuestra Señora de los Ángeles. Vivía de la venta de sus medicinas y enseñaba a otros el camino del cielo.

San Juan Kinuya
Veintiocho años, de Kioto. Fabricaba y vendía tejidos de seda. Bautizado hacía poco por los misioneros franciscanos, se fue a vivir cerca de ellos. En sus tejidos suaves, de vivos colores, iban entreveradas muchas oraciones y mucho amor. Y a Dios le agradó aquella vida de oración y trabajo.

San Gabriel
Natural de Ise. Otra vida joven, diecinueve años, alegremente inmolada. Deja el servicio de un alto oficial de Kioto por el de la casa de Dios. Convertido por Fray Gonzalo, supo caminar rápido, sorteando los obstáculos que se oponían a su paso. Era catequista.

San Pablo Suzuki
Cuarenta y nueve años, de Owari. Al horde mismo de la colina, para que su palabra ardiente, apostólica, pueda volar con libertad. Habían pasado trece años desde que recibió el bautismo. La fogosidad de su carácter, atestiguada por cicatrices en su cuerpo, se transformó en celo, y fue de los mejores catequistas de los franciscanos, el encargado del hospital de San José, de Kioto.




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